lunes, 31 de enero de 2011

Pidiendo la hora

Parado. No había forma de dar cuerda a este viejo reloj. Por mucho que arreglara con minuciosa precisión los engranajes que le daban vida, apenas un par de latidos después, –tic tac, tic tac– volvió a pararse. No era un reloj valioso por su belleza, era uno más de los muchos que se encuentran en cualquier escaparate de una pequeña joyería de barrio, pero era mi reloj. Cansada de sus parones y de llegar tarde a todos las citas, decidí renovarlo. Cambié su antigua correa gastada por una nueva de piel, mucho más suave y brillante. Di brillo a su esfera y volví a engrasar cada una de sus minúsculas piezas. Después, una vez finalizada la tarea, puse mi reluciente reloj en hora con la esperanza de que esta vez sí funcionara y marcara cada segundo, cada minuto y cada hora que hiciera acercarme al momento justo, preciso –y precioso– en que se iban a cumplir todos aquellos sueños que nunca se hacían realidad. La maquinaria crujía en su interior y yo creí –inocente de mí – que había conseguido darle vida, pero nada más lejos de la realidad… algo siempre acaba funcionando mal y cuando quise darme cuenta, las agujas de mi reloj caminaban marcha atrás, deshaciendo el camino de todas las ilusiones. Qué le voy a hacer, mi vida siempre ha sido esperar…

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